Tengo la facilidad de golpearme, caerme, tropezarme, cortarme, o ensuciarme que he llegado a creer que es una virtud propia de mi personalidad. Son tantas las veces que he terminado moreteada en las piernas o los brazos después de cubrir una comisión, que me siento un tanto camaleónica de tantos colores que he llegado a adquirir. Los golpes claro, no son gratuitos, algunas veces yo lo he buscado. Es que para los que no saben, los fotógrafos hemos desarrollado el sentido de la visión de tal manera que hemos perdido el de la paciencia.
Ser paciente para un fotógrafo es esperar largas horas hasta que salga el delincuente o el presidente, que no es lo mismo. Pero en ambos casos los fotógrafos queremos tomar “la foto” que tanto hemos esperado, por eso cuando vienen los cincuenta gorilones encima tuyo lo único que te queda es defender con uñas y dientes tu ansiada foto. Pero no siempre es la policía o los serenos o cualquier uniformado que con las excusa de hacer su trabajo te utiliza como porfiado humano. Muchas veces la gente se altera y se desfoga contra lo primero que ven, y para mi mala suerte algunas veces he sido ese punto de desfogue.
Recuerdo la comisión del debate presidencial del 2006, a mi me toco cubrir la salida y entrada de las autoridades y cualquier por menor que ocurriera. Bueno esa noche el futuro el candidato a congresista Daniel Abugattas llegó ebrio y con un grupo de simpatizantes que querían apoyar al candidato Ollanta. Este quería ingresar a pesar de su estado lo que provocó que la policía lo repeliera a la fuerza. Entonces decidí meterme en el tumulto, consiguiendo un golpe en la cara y el robo de mi flash. Cuando llegó la calma sólo buscaba dos cosas, a la persona que me había golpeado y mi flash. Nunca encontré a la persona que me golpeó, pero si mi flash, créanme que hubiera intercambiado mi flash por encontrar a esa persona y devolverle el golpe.
Otras veces he sido blanco de insultos y pifias, de gente exaltada que te puede decir cualquier cosa estando en mancha, es una de las peores experiencias. Lo viví en Andahuaylas cuando en la toma de una comisaria por parte de un ex militar con un grupo de seguidores intento levantar un golpe de estado. La prensa no era bien vista porque suponían que estábamos a favor del gobierno. No recuerdo como terminé rodeada de cientos de personas y cada uno de ellos me decía lo que se le antojaba, mantuve la calma todos esos cinco minutos que estuve ahí. Lo que no pude tolerar fue el escupido en mi cámara, cuando estaba a punto de responder la agresión un policía me cogió del brazo y me saco del lugar diciéndome que mejor me fuera a otro sitio. Y por lógica matemática, supuse que tenía razón ellos era más de 100 y yo estaba sola.
Dicen que la mejor manera para aprender es equivocándose, y para eso también soy buena. Cuando recién empezaba mis practicas en El Popular, el redactor me llevó a fotografiar a un oso que había sido encontrado en mal estado, fotografié al animal con mucho cuidado, tratando de encontrar el mejor ángulo, y de tanta emoción me olvide en donde pisaba sin darme cuenta la mitad de mi cuerpo terminó sumergido en un hueco, el redactor fue a mi rescate y mientras me ayudaba, un olor desagradable se hacía más fuerte. Al salir completamente del hueco, entendíamos la razón del fétido olor, embarrada hasta la rodilla de los excrementos del oso, sólo me eche a reír diciéndome que para la próxima tendría todos los sentidos alertas. Pero no pasó mucho tiempo y volví a caer en otro hoyo, está vez era una acequia de residuos de combustibles. El resultado fue una comezón de dos semanas en los pies. En realidad nunca nadie me dijo que había otro camino, sólo lo note al ver a los demás fotógrafos bien secos.
Los moretones que más recuerdo son aquellos que me los he producido intentando ingresar a un lugar. Hay comisiones que ameritan encontrar otra manera de ingreso que no sea la puerta y buscando encuentro huecos o ventanas que me sirven de ingreso. Otras veces cuando mi estatura no está a la altura de la situación termino subida en rejas, muros o improvisadas escaleras que salvan mi comisión.
El trabajo del fotógrafo amerita estar siempre pendiente de todo, por donde caminas, quienes te rodean, chequear las salidas más cercanas, proteger tu equipo fotográfico, que finalmente ensuciarse o golpearse es parte de esa profesión, pero admito que me siento mejor cuando regreso toda golpeada o desastrosa de una comisión es como si hubiera puesto el cien por ciento de mi entusiasmo en conseguir las fotos. Sólo así puedo llegar a casa y descansar.


GEnial relato mi querida Yani…
Pobre Yani, está claro que golpe enseña (en todo sentido).
eso te pasa por juntarte con Danny!!